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jueves, 4 de diciembre de 2025
En vida
Hoy que respiro
No esperen mi ausencia para nombrar mi vida,
ni levanten flores cuando mis manos ya no las sientan.
Hoy camino entre ustedes,
soy carne, voz y mirada,
soy abrazo que se da,
soy palabra que despierta.
No me lloren en silencio mañana,
abrácenme ahora,
cuando mi pecho aún late
y mis sueños se derraman sobre la mesa compartida.
Quiero que me recuerden en presente:
en la risa que enciende la tarde,
en la chispa de mis manos tendidas,
en el amor que entrego sin medida.
Porque existir no es esperar la despedida,
es vivir cada instante como herencia,
es sembrar cariño en los que me rodean,
es dejar huella en pasos que aún caminan conmigo.
Y cuando el tiempo me reclame su deuda,
quiero que al pronunciar mi nombre
no nazca tristeza,
sino gratitud por haber vivido juntos
en este milagro sencillo de existir.
Lazo infinito
Te mire a los ojos de pequeño,
y en los tuyos vi un mundo y el mar
Te abracé con mis brazos y al cielo,
me susurraste un secreto al andar.
"Escucha bien, mi amor, mi tesoro,
la vida es un eco de lo que das.
Sé un roble fuerte, no dejes el decoro,
y un río de respeto en tu camino tendrás"
Me enseñaste a ser fuerte y noble,
a buscar la verdad y la luz.
Con tu mano me mostraste la vida,
la alegría, la tristeza y la fé en la cruz
"Sé un espejo de bondad, mi vida,
un faro encendido en la oscuridad.
No juzgues sin antes entender,
ni cierres tu corazón a la amistad."
El tiempo me hizo crecer, madre mía
pero en mi mente, tu esencia siempre está.
Esa voz, la enseñanza de tus palabras que un día
Me guiaron para ahora poder amar.
Tu esencia sigue por la casa, día a día
Y en mi corazón, un espacio lleno de gratitud.
Agradezco por tus palabras, madre mía,
que me hicieron ser un hombre de virtud.
La rosa encontrada
Un niño guardaba en sus manos pequeñas
la rosa más pura, regalo divino,
un soplo de cielo, un sueño fragante,
tesoro sencillo, pero el más querido.
Un día la brisa jugó con sus dedos,
la rosa escapó sin dejarle aviso;
corrió entre las calles, buscó en las veredas,
preguntó al silencio, lloró al infinito.
Pasaron los años, pasaron los días,
la vida se hizo cansancio y camino,
y siempre en su pecho quedaba la herida:
¿dónde la rosa?, ¿dónde su destino?
Al borde del tiempo, cansado y vencido,
la encuentra de nuevo, radiante y cautiva.
Comprende que ella también lo buscaba,
y en ese momento su alma se ilumina.
Ya no hay despedidas, no existe el vacío,
la rosa y el niño caminan unidos;
y en otra morada, sin llanto ni heridas,
florecen eternos, en paz infinita.
Reflexivo
El mar es un espejo que sabe guardar secretos. Sus olas, eternas y sabias, lloran cuando la soledad se posa sobre ellas. Así ocurrió aquel día en que un barco inmenso, cargado de oro y de promesas, quedó encallado en un rincón olvidado, donde nadie parecía recordarlo. El viento se detuvo a mirar, y la brisa, ligera e impía, reía con un gozo cruel al contemplar la desgracia del navío: su cuerpo de hierro herido, sus maderas crujientes, su grandeza humillada por la quietud de un destino que parecía condenarlo.
Las olas, que siempre ansían movimiento, lloraban. Sus lágrimas eran espuma que golpeaba suavemente contra el casco inmóvil, como si quisieran empujarlo de regreso a su danza infinita. Cada gemido del mar era un lamento por la pérdida de aquello que nació para navegar, para atravesar horizontes y unir distancias. El llanto no era sólo por el barco, sino por el sentido mismo de su existencia, que parecía haberse detenido en un silencio injusto.
Sin embargo, en lo alto del cielo, aparecieron las gaviotas. Ellas no entienden de derrotas definitivas, porque han visto naufragios y resurrecciones. Con su vuelo trazaban círculos de esperanza, presagiando que el encierro del barco no sería eterno. Cada aleteo era un mensaje: la vida siempre encuentra un cauce, el mar nunca olvida a sus hijos.
La brisa, aún riendo, parecía ignorar que la esperanza tiene raíces más profundas que la burla. Porque aquel barco no estaba vacío: llevaba en su vientre el oro, no sólo el que reluce en la materia, sino el que simboliza el valor, la abundancia y la fuerza necesaria para los tiempos de mayor necesidad. Era como si el universo lo hubiera elegido para aguardar, paciente, hasta que el mundo, exhausto y herido, recordara que existía un tesoro preparado para sanar sus angustias.
Así, entre el llanto de las olas y la risa de la brisa, se tejía una batalla invisible: la desesperanza contra la fe, la derrota contra la promesa. Y allí, sobre las maderas del barco inmóvil, habitaba un misterio. No había encallado para perecer, sino para esperar el momento justo en que las corrientes se abrieran, las mareas lo liberaran, y las gaviotas, en su canto, anunciaran la vuelta al mar abierto.
Porque todo lo que parece perdido, si ha sido elegido para dar vida y esperanza, tarde o temprano vuelve a navegar.
El último viaje
Un Brindis por el Sueño Inacabado
Mis amigos, compañeros de travesía, tripulación de mi corazón.
Hoy, la marea me trae a este puerto, el puerto de la despedida. Cierro un ciclo, no con tristeza, sino con la gratitud profunda de quien ha vivido cada día en busca de un horizonte dorado. Soñé con el éxito y el triunfo desde que puse un pie en esta cubierta, y cada cicatriz, cada tormenta superada, me ha recordado que el verdadero premio no es la victoria final, sino el coraje de haber luchado por alcanzarla.
Nos atrevimos a zarpar cuando otros dudaban. Nos enfrentamos a gigantes de olas y vientos helados, y en cada desafío, descubrí el tesoro más grande: ustedes. A mi lado estuvieron en las cimas y en los abismos, con su fe inquebrantable en esta nave y en este capitán. Por esa lealtad, por las risas compartidas, por el sudor y las lágrimas, desde lo más profundo de mi alma, les digo: ¡Gracias! El éxito que hemos rozado no es solo mío; es el eco de cada una de sus voces, de cada mano trabajando sin descanso.
¡La Pasión es la Única Brújula!
Pero no se detengan aquí. Mi viaje termina, sí, pero el suyo apenas está en la mitad.
Mírenme. Fui un hombre que se negó a vivir una vida a medias. Y eso, mis queridos amigos, es lo que les pido: ¡No se limiten en nada! Si hay un fuego en su vientre, si hay una melodía que solo su alma puede bailar, si hay una cumbre que solo sus piernas quieren escalar... ¡Vayan a por ello!
Que nadie les diga que su sueño es demasiado grande, demasiado audaz o demasiado imposible. La vida es demasiado corta para conformarse con ser el segundo actor. Sean los capitanes de su propia alma, los únicos arquitectos de su destino. Dejen que la pasión sea su única brújula y el coraje su timón.
El triunfo es dulce, por supuesto, pero la verdadera magia reside en la búsqueda. Sigan navegando, sigan soñando, sigan ganando. Y cuando la ola sea grande, recuerden este momento, y sepan que yo estaré observando desde la orilla, orgulloso de cada milla que recorran.
¡El mar los espera! ¡A navegar, y a conquistar su mundo!
Bella dama
Dama de la Llama y la Vida
Ella es el pulso que despierta la mañana,
el sol que rompe sombras, la razón de la vida.
En su mirada inquieta, una promesa que emana,
y el mundo se hace inmenso, la senda recorrida.
Tu abrazo es refugio, caricia que estremece,
un temblor dulce y hondo que en el alma se queda.
Juguetona y rebelde, la chispa que no cesa,
la libertad vestida que al corazón se entrega.
Inteligencia fina, belleza sin medida,
la calma de una sabia, paciencia en el sendero.
Enseñas en la sombra la luz de la salida,
y transformas el miedo en un amor sincero.
Te amo en cada risa, en tu modo de ser,
en la pasión natural que tu voz me revela.
Eres el sentimiento que nunca ha de ceder,
la mujer que se adora, mi más bella secuela.
Permanece en el tiempo, por encima del viento,
el ancla que me sujeta a la dicha de existir.
Tú, vibrante y magnífica, mi eterno juramento,
la esencia de lo vivo, el arte de sentir.
El corazón de Midas
🐾 El Gran Corazón de Midas
Midas no era un gato cualquiera; era un atigrado de pelaje color óxido y oro, con ojos tan verdes como la promesa de la primavera. Había crecido solo en los callejones, alimentando un sueño desmedido: convertirse en el gato más influyente y reconocido de la Gran Ciudad. No por fama vacía, sino por la grandeza de poder dar un hogar a otros solitarios como él. Midas era ambición pura, un pequeño motor de sueños propulsado por la necesidad de demostrar su valía.
El destino, sin embargo, parecía tener otros planes.
Su vida se convirtió en un torbellino de trabajo agotador y noches sin dormir, persiguiendo cada oportunidad. Logró ascender, sí, pero a costa de ignorar todo lo demás. La fama llegó como una luz cegadora. Fue nombrado el "Gato de Oro" de su gremio, pero su corazón se sentía cada vez más vacío, un eco en una catedral inmensa.
En su ascenso, una única persona se había mantenido a su lado sin pedir nada a cambio: una gata de nombre Luna. Ella era su opuesto; de pelaje plateado como la luz de la medianoche, su voz era un susurro calmante. Luna nunca le habló de éxito; solo de equilibrio. Le ofrecía una pata en los días fríos y un silencio cómodo en las noches ruidosas. Midas la amaba, pero su "grandeza" siempre le parecía más urgente que el amor.
Una noche, en medio de una tormenta invernal, Midas, exhausto y sobrepasado, sufrió un accidente. El frío y el golpe lo arrastraron a un profundo abismo. Mientras su conciencia se desvanecía, la muerte se presentó no como un final temido, sino como un descanso.
🌟 —Has vivido una vida de logros, Midas. Pero, ¿has vivido una vida? —le susurró una voz inmaterial.
En ese limbo gélido, su corta existencia se proyectó ante él. Vio sus triunfos, pero también los ojos preocupados de Luna, las ofertas de ayuda rechazadas de sus compañeros y los pequeños gestos de bondad de su joven familia adoptiva, aquella que le daba comida y agua a diario desde lejos.
Se dio cuenta de una verdad aplastante: en su obsesión por alcanzar la grandeza para ser digno de amor, había olvidado que ya era amado. Había confundido el éxito con la felicidad y el triunfo solitario con la grandeza. La verdadera grandeza no estaba en lo que había construido, sino en la red de afecto que, sin él verlo, siempre lo había sostenido.
El destino no le negaría su vida, sino que le daría una nueva perspectiva de ella.
Midas despertó en una suave cama, bajo el calor de la estufa, con el dulce aroma de la leche. A su lado, Luna velaba. Sus ojos verdes se encontraron con los ojos plateados de ella, y por primera vez, no vio solo a su compañera, sino a su ancla, su refugio y la mayor muestra de esperanza incondicional de su vida.
Sus compañeros de gremio, sus amigos y la familia humana que le cuidaba lo visitaron. Había una marea de amor y preocupación a su alrededor. Entendió el peso y el valor de ese apoyo. La grandeza de un gato no se mide por sus títulos, sino por la riqueza de sus afectos.
Midas se recuperó. Su sueño de triunfar no murió, sino que se transformó. Ahora buscaba el éxito para compartirlo, no para poseerlo. Él y Luna se volvieron inseparables, su amor floreció en la sencillez de los días compartidos. Su nueva vida fue una dedicación a la gratitud.
Al final de sus días, acurrucado junto a su amada Luna y rodeado por la familia que finalmente abrazó, Midas cerró sus ojos y solo pudo sentir una inmensa y profunda paz.
🙏 —Gracias. Gracias por la vida, por el sueño, por la caída que me enseñó a mirar hacia arriba, por el amor de Luna que me salvó, por cada pata amiga que me sostuvo, y por la grandeza de este corto, pero inmensamente rico, viaje.
Y así, el "Gato de Oro" encontró su verdadero tesoro: la gratitud en el corazón de un hogar.
Susurros entre libros
Susurros entre Estanterías
La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, pintando rayas plateadas sobre las sábanas revueltas. El reloj en la mesita de noche marcaba las dos de la madrugada, pero el sueño era un visitante que se negaba a llegar para Clara.
Cada vez que cerraba los ojos, lo veía a él.
No sabía su nombre. Solo sabía que esa tarde, en la sección de literatura clásica de la biblioteca universitaria, él había levantado la vista de un tomo de encuadernación oscura y la había mirado. No fue una mirada casual; fue un reconocimiento, un impacto físico que la había golpeado en el centro del pecho. Cuando él pasó por su lado para devolver el libro, el roce accidental de su brazo contra el hombro de ella había enviado una descarga eléctrica por su columna, un estremecimiento que todavía, horas después y en la soledad de su habitación, le erizaba la piel.
Clara se giró en la cama, abrazando la almohada, y dejó que la memoria se disolviera en imaginación. El techo de su habitación desapareció, reemplazado por los altos techos abovedados de la biblioteca.
En su mente, ya no era de día. La biblioteca estaba cerrada, sumida en un silencio sepulcral, iluminada apenas por la luz ámbar de las farolas de la calle que entraba por los ventanales góticos. El aire olía a papel viejo, a cera de madera y a ese aroma sutil a lluvia y café que él desprendía.
Caminaba sola por el pasillo central, escuchando el eco de sus propios pasos, hasta que sentía una presencia detrás de ella. No necesitaba girarse para saber quién era. El calor de su cuerpo irradiaba en la frescura de la sala.
—Te estaba esperando —susurraba él, una voz grave que vibraba contra su nuca.
En su fantasía, él no era el extraño tímido de la tarde. Era audaz. La acorralaba suavemente contra uno de los altos libreros de roble. Clara sentía la madera dura y fría presionando contra su espalda y, frente a ella, la calidez ineludible de él.
Sus manos, que en la realidad solo la habían rozado, ahora trazaban el camino desde su cintura hasta su cuello. Él la besaba, un beso hambriento que sabía a secreto prohibido, mientras sus dedos se enredaban en su cabello. La rigidez de los libros detrás de ella contrastaba con la suavidad de las caricias.
En el silencio absoluto de la biblioteca, el sonido de sus respiraciones entrecortadas parecía un estruendo. Él la tomaba por la cintura y, con una facilidad pasmosa, la elevaba sobre una de las robustas mesas de lectura. Clara sentía el barniz frío de la mesa bajo sus muslos desnudos, una sensación que la hacía arquear la espalda, buscando más contacto con él.
Los libros, testigos mudos de siglos de historias, ahora eran el único público de la suya. Él se inclinaba sobre ella, sus manos sujetando los bordes de la mesa, atrapándola en una jaula de deseo. Todo era texturas: la aspereza de las páginas, la suavidad de la piel, la dureza de la madera, el calor de los labios.
—Nadie nos oye —murmuraba él contra su oído, y la vibración de esas palabras la hacía estremecerse de nuevo, mucho más fuerte que aquella tarde.
La fantasía alcanzaba su punto álgido entre las sombras de las estanterías, donde la intelectualidad del entorno se rendía ante el instinto más primario.
Clara exhaló un suspiro profundo en la oscuridad de su habitación real. Abrió los ojos, el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, la piel sensible y el cuerpo despierto. La biblioteca de su mente se desvaneció, pero la sensación de las manos de él y la promesa de lo que podría haber sido quedaron flotando en el aire.
Con una sonrisa perezosa y las mejillas ruborizadas, se acomodó de nuevo entre las sábanas, esperando que, al dormirse finalmente, el sueño la llevara de vuelta a esa mesa de madera y a los brazos del desconocido.
El vuelo de la mariposa
El Vuelo de Elara: Un Día para la Eternidad
Elara nació al amanecer. No fue un nacimiento, sino una explosión de seda y color en la que el capullo se desvaneció. Instintivamente, extendió sus alas: dos lienzos de terciopelo anaranjado y negro, delicadamente veteados con la promesa de la luz.
Apenas se secó el rocío en sus patas, una anciana mariposa de alas gastadas se posó a su lado.
“Bienvenida, pequeña,” graznó con un tono resignado. “Pero no te demores. Solo tienes este día. El sol que te ve nacer es el mismo que te verá morir. Sigue el camino del viento, no te distraigas, cumple tu ciclo. Es todo lo que se espera de ti.”
Elara sintió un escalofrío que no era de frío. ¿Un solo día? ¿Y la única instrucción era la resignación? En lugar de obedecer el impulso de volar mecánicamente hacia el sur, miró al este. El sol ascendía con una furia dorada, y ella sintió en sus entrañas un arrebato salvaje: si solo tenía un día, no lo malgastaría en seguir un mapa trazado por otros.
Mientras las demás mariposas, en silenciosa formación, cumplían con la prisa impuesta, Elara se desvió. Voló hacia la flor más púrpura que encontró y bebió su néctar no con necesidad, sino con deleite. Se elevó hasta rozar la cima de un pino, sintiendo el viento frío de la altura, en lugar del cálido y conocido sendero del valle.
La tarde llegó demasiado pronto. Se encontró en un prado solitario, observando cómo una oruga diminuta intentaba escalar un tallo. La oruga se resbalaba una y otra vez, frustrada. Las otras mariposas jamás se detendrían; su tiempo era muy valioso para la cortesía. Pero Elara, sintiendo que sus alas comenzaban a pesarle, se posó. Con una suavidad infinita, batió sus alas, creando una ráfaga que ayudó a la oruga a impulsarse hasta la hoja segura.
En ese momento, algo cambió. Dar un impulso a otro, en su última hora, fue más significativo que toda la prisa del día. Había invertido un tiempo irrecuperable en un ser que jamás la recordaría, y a cambio, había encontrado una paz que nadie le había prometido.
El sol era un disco naranja rojizo al borde del mundo cuando Elara sintió el final. Sus alas, antes vibrantes, se volvieron pesadas y secas. Cayó sobre una flor de pétalos blancos, sin miedo.
Y entonces, sucedió.
Mientras las otras mariposas morían con la sensación de un destino cumplido pero incompleto, Elara sintió cómo su esencia se desprendía de su cuerpo. Había perdido la carrera, había perdido el tiempo, había perdido toda su energía. Pero al hacerlo, se había encontrado a sí misma.
Su cuerpo se desvaneció, pero su espíritu, el recuerdo de ese único y glorioso día de vuelo libre y amor compartido, se convirtió en una mota de polen dorado. Una ráfaga de viento la recogió y la elevó, no para cumplir un ciclo, sino para renacer en la conciencia pura de la libertad.
Había entendido que el destino de la mariposa no es solo volar, sino dejar una estela de color única en el aire. El camino de todos era una cadena; el suyo era un salto al vacío, donde descubrió que lo más importante no era la duración, sino la profundidad de cada aleteo.
Y así, la mariposa Elara, que solo duró un día, se convirtió en una leyenda de luz y color, una enseñanza susurrada por el viento a cada nuevo capullo: Para encontrar tu camino en el mundo, primero debes tener el valor de dejar de seguir el de los demás.
El gallo y el granero
El Valor del Canto y del Huevo:
Una Reflexión de la Gallina
El aire de la mañana en la Granja del Sol siempre había olido a heno fresco y a la promesa de un nuevo día. Pero para Clotilde, una gallina joven y vivaz, ese aire a menudo venía cargado con el peso de la burla.
Su trabajo era simple y esencial: poner huevos. Cada mañana, con concentración y esfuerzo, entregaba su pequeña joya, rica y lista para el desayuno del Granjero. Sin embargo, había una sombra en su día: el Gallo Roque.
Roque era un gallo viejo, con plumas desaliñadas y un ego más grande que el granero. Se pavoneaba y, cada vez que veía a Clotilde, la despreciaba con su graznido áspero.
"¡Mira a la ponedora! ¡Solo sirves para empollar y arrastrarte! Mi canto es el que despierta al mundo, el que guía al sol. ¿Qué valor tiene tu simple bola blanca?", se burlaba Roque.
Clotilde se encogía, sintiendo el ardor de la humillación. Empezó a dudar de su contribución. Si el majestuoso canto de Roque era la clave, ¿por qué molestarse ella con el humilde esfuerzo de su huevo? A pesar de las dudas, seguía trabajando, porque era lo que sabía hacer.
El Granjero era un hombre sabio, que observaba en silencio. Notó cómo el orgullo y la crítica destructiva de Roque envenenaban el ambiente, especialmente la tristeza en los ojos de Clotilde. También notó que Roque, aunque cantaba fuerte, se había vuelto perezoso y sus tareas reales (mantener la disciplina y proteger el corral) habían sido descuidadas.
Una tarde, mientras el sol se ponía, el Granjero entró al corral con un hacha. No para la zorra, sino para Roque.
Al día siguiente, el corral se despertó en un silencio inusual. El gallo arrogante ya no estaba. El Granjero, con voz grave, se dirigió a los animales, con el gallinero de Clotilde como testigo silencioso:
"Roque falló, no por su canto, sino por su corazón. El que menosprecia el trabajo de otro, no valora el suyo propio. Hoy, hemos perdido un vigilante, pero hemos ganado algo más importante: el respeto mutuo. La comida de la semana viene de la dedicación de cada uno de ustedes, no solo del más ruidoso."
El silencio que siguió fue diferente; era un silencio de reflexión. Los animales, ahora conmovidos, rodearon a Clotilde.
La Vaca, que daba la leche, habló: "Sin tus huevos, el Granjero no tiene la fuerza para empezar el día y ordeñarme."
El Cerdo, que enriquecía la tierra, añadió: "Tu esfuerzo alimenta a la familia que nos cuida a todos. El valor de tu trabajo es incuestionable."
Clotilde se irguió. Por primera vez, el valor de su huevo no dependía del juicio de otro, sino de su impacto en el gran cuadro. Comprendió una profunda verdad:
El respeto no se gana con el ruido, sino con la constancia.
La crítica destructiva es solo la máscara de la inseguridad.
Cada esfuerzo, por humilde que parezca, es un hilo esencial en el tejido del bienestar común.
A partir de ese día, Clotilde siguió poniendo sus huevos, pero ahora lo hacía con la frente en alto. Entendió que el gallo que canta puede ser necesario para despertar el sol, pero la gallina que pone el huevo es el motor que mantiene la vida en la granja.
Y en ese corral, finalmente, todos los animales se miraron con una nueva luz, reconociendo el sacrificio silencioso y la labor diaria que cada uno ofrecía para el bien de todos.
Tierra Olvidada
El Grito Silencioso de la Tierra Olvidada
Escucha con atención, más allá del ruido de la ciudad y la prisa de la vida moderna. Si aquietas tu alma, podrás oír un grito, un lamento profundo que se alza desde el corazón mismo de nuestra existencia. Es el grito de la Tierra, el clamor del campo olvidado.
Es la voz de esa tierra noble que nos vio nacer y que, día tras día, en silencio y con paciencia, nos da el sustento. Es el campo que, con sus venas agrietadas, nos alimenta, nos viste y nos brinda la seguridad más básica: la de no tener hambre. Él es la cuna de cada grano, de cada fruto, de cada gota de leche que llega a nuestra mesa. Él es nuestra verdadera despensa y nuestro guardián.
Pero mira cómo le pagamos.
El sol lo castiga, el viento lo azota, y sus campos, que deberían ser un mar de vida, hoy se tiñen de un ocre melancólico. Se muere de sed, no solo por la falta de lluvia, sino por la ausencia de atención y la indiferencia de aquellos en las esferas del poder. Las decisiones se toman en escritorios fríos, lejos del olor a tierra mojada, ignorando la desesperación del campesino cuya única herencia es el surco y cuya única oración es por agua.
¿Cómo podemos permitir que la fuente de nuestra vida se seque? ¿Cómo podemos girar la mirada mientras el motor que nos mantiene en pie se oxida y se detiene?
Cada grieta en el suelo es una lágrima del labriego, un reproche de la naturaleza. Si el campo se apaga, no solo muere un cultivo; muere nuestra autonomía, muere nuestra paz, muere un pedazo de nuestra humanidad.
Despertemos. Sintamos el dolor de la Tierra en nuestras propias entrañas. No es solo un problema político o económico; es una cuestión de vida o muerte, de dignidad y de gratitud. Honremos la mano que siembra y la tierra que da.
Es hora de escuchar el grito. Es hora de volver al campo, no con lástima, sino con el compromiso inquebrantable de regarlo con justicia, respeto y la atención que merece. Porque salvar al campo es salvarnos a nosotros mismos.
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