jueves, 4 de diciembre de 2025

Susurros entre libros

Susurros entre Estanterías La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, pintando rayas plateadas sobre las sábanas revueltas. El reloj en la mesita de noche marcaba las dos de la madrugada, pero el sueño era un visitante que se negaba a llegar para Clara. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía a él. No sabía su nombre. Solo sabía que esa tarde, en la sección de literatura clásica de la biblioteca universitaria, él había levantado la vista de un tomo de encuadernación oscura y la había mirado. No fue una mirada casual; fue un reconocimiento, un impacto físico que la había golpeado en el centro del pecho. Cuando él pasó por su lado para devolver el libro, el roce accidental de su brazo contra el hombro de ella había enviado una descarga eléctrica por su columna, un estremecimiento que todavía, horas después y en la soledad de su habitación, le erizaba la piel. Clara se giró en la cama, abrazando la almohada, y dejó que la memoria se disolviera en imaginación. El techo de su habitación desapareció, reemplazado por los altos techos abovedados de la biblioteca. En su mente, ya no era de día. La biblioteca estaba cerrada, sumida en un silencio sepulcral, iluminada apenas por la luz ámbar de las farolas de la calle que entraba por los ventanales góticos. El aire olía a papel viejo, a cera de madera y a ese aroma sutil a lluvia y café que él desprendía. Caminaba sola por el pasillo central, escuchando el eco de sus propios pasos, hasta que sentía una presencia detrás de ella. No necesitaba girarse para saber quién era. El calor de su cuerpo irradiaba en la frescura de la sala. —Te estaba esperando —susurraba él, una voz grave que vibraba contra su nuca. En su fantasía, él no era el extraño tímido de la tarde. Era audaz. La acorralaba suavemente contra uno de los altos libreros de roble. Clara sentía la madera dura y fría presionando contra su espalda y, frente a ella, la calidez ineludible de él. Sus manos, que en la realidad solo la habían rozado, ahora trazaban el camino desde su cintura hasta su cuello. Él la besaba, un beso hambriento que sabía a secreto prohibido, mientras sus dedos se enredaban en su cabello. La rigidez de los libros detrás de ella contrastaba con la suavidad de las caricias. En el silencio absoluto de la biblioteca, el sonido de sus respiraciones entrecortadas parecía un estruendo. Él la tomaba por la cintura y, con una facilidad pasmosa, la elevaba sobre una de las robustas mesas de lectura. Clara sentía el barniz frío de la mesa bajo sus muslos desnudos, una sensación que la hacía arquear la espalda, buscando más contacto con él. Los libros, testigos mudos de siglos de historias, ahora eran el único público de la suya. Él se inclinaba sobre ella, sus manos sujetando los bordes de la mesa, atrapándola en una jaula de deseo. Todo era texturas: la aspereza de las páginas, la suavidad de la piel, la dureza de la madera, el calor de los labios. —Nadie nos oye —murmuraba él contra su oído, y la vibración de esas palabras la hacía estremecerse de nuevo, mucho más fuerte que aquella tarde. La fantasía alcanzaba su punto álgido entre las sombras de las estanterías, donde la intelectualidad del entorno se rendía ante el instinto más primario. Clara exhaló un suspiro profundo en la oscuridad de su habitación real. Abrió los ojos, el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, la piel sensible y el cuerpo despierto. La biblioteca de su mente se desvaneció, pero la sensación de las manos de él y la promesa de lo que podría haber sido quedaron flotando en el aire. Con una sonrisa perezosa y las mejillas ruborizadas, se acomodó de nuevo entre las sábanas, esperando que, al dormirse finalmente, el sueño la llevara de vuelta a esa mesa de madera y a los brazos del desconocido.

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